Los electores repudian la política de intolerancia y paranoia de Trump, pero, ¿cuál será su recompensa?

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Los trabajadores, las mujeres, las personas de color y otras personas que son continuamente marginadas y maltratadas, tuvieron mucho que celebrar cuando llegaron los resultados de las elecciones de medio término el 6 de noviembre.

Fueron derrotados algunos de los peores “bullies” de derecha a nivel nacional, como Scott Walker y Kris Kobach.  Otros reaccionarios escarmentaron humillados ante márgenes de victoria mínimos contra candidatos mucho menos conocidos que ellos.

Los avances a nivel estatal incluyeron medidas de votación que aumentan el salario mínimo, restauran los derechos de voto de las personas con delitos graves en su historial, protegen a las personas transgénero de la discriminación, y legalizan la marihuana.

A pesar de los alardeos narcisistas de Trump sobre su valor para los republicanos, alrededor del 70 por ciento de los candidatos que apoyó fueron derrotados. Los republicanos lograron conservar el Senado, pero la gran noticia fue que la mayoría de los votantes rechazaron la política del miedo, la exclusión y el fanatismo. Eligieron a nativos americanos, musulmanes, personas LGBTQ y un número récord de mujeres para el Congreso y los escaños de gobernadores, legislaturas estatales y más.

Millones de personas en hogares de todo el país, y sin duda en todo el mundo, respiraron aliviados.

Ahora la pregunta es esta: ¿qué obtendrán a cambio de sus problemas las personas que hicieron colas de cinco horas y lucharon contra la supresión de votantes para decirle no a Trump y sus políticas? ¿Producirán sus elecciones alguna diferencia en el status quo de la creciente falta de vivienda, la infraestructura que se colapsa, los salarios insuficientes y el aumento del nacionalismo blanco?

En tiempos de crisis, una campaña de una sola nota. El crédito lo merecen especialmente los votantes que repudiaron el racismo y sexismo de Trump, los cuales benefician a las corporaciones, dada la falta de fuerza de los políticos demócratas veteranos para presentarse como una alternativa.

Estos demócratas se apegaron a la línea del partido con una campaña casi de un solo asunto: elíjanos para proteger la cobertura de atención médica para condiciones preexistentes. Es importante, sin duda, ¡pero este fue su principal tema de discurso mientras Trump satanizaba a una caravana de refugiados desesperados como una “invasión” y un hervidero de terrorismo!

Después de que Trump despidiera al fiscal general Jeff Sessions, los líderes del partido lograron que miles de personas salieran a las calles inmediatamente para “proteger la investigación de Mueller”. ¿Por qué no hicieron esto y mucho más en respuesta al ataque sostenido de Trump contra los caravanistas? Porque les falta una brújula moral. En cambio, la demócrata en jefe Nancy Pelosi está constantemente asegurándole a la derecha que su partido entiende la necesidad de, en sus palabras, “proteger nuestras fronteras y defender nuestros valores”.

Esto también es una expresión de nacionalismo y de culpar a chivos expiatorios. Culpar a las víctimas del creciente desplome del capitalismo hacia el caos de la pérdida de “valores” del país es un asunto bipartidista cuestionable. Desafiar esta estratagema cínica, mientras se defienden con firmeza sus objetivos, es la única manera de exhortar  a los trabajadores a que adopten una perspectiva de clase internacional que indique quién es el enemigo real.

La inmigración no fue el único problema que evitaron los líderes demócratas. ¿Nos ofrecieron planes audaces e integrales para abordar el problema absolutamente crucial del cambio climático? No. ¿Escuchamos promesas de recortar el presupuesto militar y poner fin a las guerras de los Estados Unidos? De nuevo, no. Y la lista continúa.

Por supuesto hubo excepciones entre los candidatos. Alexandria Ocasio-Cortez de los Demócratas Socialistas de Estados Unidos y otros reformistas que se presentaron como demócratas atrajeron a los votantes porque no parecían ser de la misma calaña que Pelosi y sus secuaces. Ellos defienden muchas cuestiones que realmente ayudarían al pueblo, como abolir el ICE, establecer “Medicare para todos” o instituir un ingreso básico universal.

Para alcanzar cualquiera de estos objetivos, los demócratas progresistas tendrían que luchar no sólo contra la ráfaga de la derecha, sino también contra el liderazgo de su propio partido. Y, si podemos aprender de la historia, es más probable que el establecimiento los cambie a ellos y no que ellos lo cambien de una manera significativa y duradera.

La trampa del sistema bipartidista. La gente de los Estados Unidos es notoriamente pragmática: quiere ver resultados concretos. Y el sistema de votación del país ofrece solo dos opciones “prácticas”: demócrata o republicano. Intencionalmente, los obstáculos a los que se enfrentan los partidos menores para difundir su mensaje y participar en la boleta electoral son generalmente insuperables. No es de extrañar que el disgusto masivo con el Trumpismo haya dado lugar a una atípica ola azul. ¿Qué más podrían hacer los votantes?

Por supuesto, la gente puede simplemente olvidarse del asunto. De hecho, existe una especie de tercer partido oculto: aquéllos que no votan. Aunque más pequeño de lo normal esta vez, este grupo es enorme. En las elecciones de 2016 en las que el Colegio Electoral instaló a Trump en la Casa Blanca, el 39 por ciento de los ciudadanos en edad de votar se abstuvo.

Pero la mayoría de la gente sí tiene el deseo de ejercer su derecho democrático a votar, y muchos todavía están obligados a luchar por ello. Se merecen más y mejores opciones. A ver si la nueva generación de demócratas progresistas aborda este tema.

¿Qué pasa después? Se sabe que estas elecciones intermedias no han resuelto nada. Por el contrario, han abierto la puerta a más conflictos e inestabilidad para los que ostentan el poder como los demócratas en la Cámara de Diputados, impulsados por las bases, pues se tienen que enfrentar a un Senado y una Corte Suprema controlados por la derecha.

¿Quién puede marcar la diferencia en este escenario? Los trabajadores y los oprimidos. Pero será necesaria nada menos que la lucha organizada en las calles, los lugares de trabajo, sindicatos, escuelas, comunidades feministas y LGBTQ, y barrios de personas de color y pobres.

La fuente del poder del pueblo no es la urna electoral; ¡es hacer que tu voz sea escuchada fuera del fraude de los partidos gemelos! Inspirémonos en los verdaderos héroes de 2018: los maestros en huelga, las mujeres que marchan, los vencedores contra oleoductos peligrosos, los contra-manifestantes antifascistas y todos los demás que “votan” todos los días arriesgándose por el cambio.

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