¿A quién se debe culpar por la miseria humana que está causando las caravanas de migrantes?

FOTO: Kim Kyung Hoon / Reuters
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“Vinimos a trabajar. Sé que no me van a dar asilo porque no te dan asilo por hambre”, dijo un joven migrante de Honduras a un reportero. “Pero los de la caravana preferiríamos morir luchando que permanecer sentados en Honduras esperando a morir de hambre o a que nos maten”.

Estas severas palabras muestran la desesperación de miles de personas, la mitad de ellas mujeres y niñas, que han huido recientemente de Guatemala, Honduras y El Salvador. ¿Qué podría obligar a tanta gente a abandonar su hogar y todo lo que les es familiar por un futuro que, en el mejor de los casos, es incierto? La historia de la intervención de los Estados Unidos en América Central proporciona en gran medida la respuesta.

Guatemala: golpe de estado, guerra civil, cambio climático. En 1954, la CIA organizó un golpe de estado contra el gobierno del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz y se produjo una guerra civil de 36 años, durante la cual los Estados Unidos ayudaron militarmente a un sangriento régimen de derecha tras otro. Cada uno ha llevado a cabo una campaña genocida contra los pueblos indígenas, que son la mayoría de la población.

Durante la guerra, más de 200,000 personas fueron asesinadas y otras 43,000 “desaparecieron”. Más del 80 por ciento de las víctimas eran indígenas mayas. El enjuiciamiento de las principales figuras militares y políticas responsables del asesinato en masa es aún raro 23 años después de que se firmaron los Acuerdos de Paz que terminaron la guerra.

La mitad de la población de Centroamérica vive en la pobreza. El calentamiento global, causado principalmente por el carbón emitido por los países ricos, está provocando sequías y pérdida de cultivos haciendo que la situación sea aún más grave. Dado que el hambre es común en toda la región, Guatemala tiene una de las tasas más altas de desnutrición crónica del mundo.

Hoy día se está fraguando una nueva agitación política. Los guatemaltecos desaprueban el hecho de que el presidente Jimmy Morales provoque una crisis constitucional para intentar escapar de las acusaciones de corrupción contra él.

El legado de la explotación en Honduras. Los EE. UU. ha dominado a la pequeña Honduras desde principios del siglo XX, cuando el autor O. Henry acuñó el término “república bananera” para describir los países administrados por regímenes tiránicos en nombre de las compañías fruteras de los EE. UU.

Durante la década de 1980, Honduras fue utilizada como base para la guerra contrarrevolucionaria dirigida por los Estados Unidos contra El Salvador y Nicaragua. Todavía alberga bases militares de los EE. UU. diseñadas para protegerse contra las rebeliones en cualquier lugar de la región.

Honduras es la nación más empobrecida y subdesarrollada de América Central. La violencia de pandillas, las guerras de drogas y la corrupción son comunes, y el país es conocido por tener la tasa de asesinatos per cápita más alta del mundo. Más de medio millón de sus habitantes se han visto afectados por graves sequías.

En noviembre de 2017, los hondureños se alzaron contra el robo de la elección presidencial por parte de Juan Orlando Hernández, aprobado automáticamente por Estados Unidos. Hernández, quien también “ganó” una elección fraudulenta en 2013, ha consolidado su poder sobre el poder judicial, las fuerzas armadas y la legislatura. Asimismo ha reducido los servicios sociales, privatizado propiedades públicas, duplicado el presupuesto de la policía y enviado patrullas militares a los barrios más pobres.

Durante su presidencia, han aumentado los asesinatos de defensores LGBTQ y otros activistas políticos. Entre los asesinados está Berta Cáceres, una reconocida líder ambiental indígena.

En El Salvador, no hay alivio de la violencia. El Salvador es uno de los muchos países latinoamericanos que los Estados Unidos gobernaron indirectamente durante décadas a través de generales y dictadores brutales. La resistencia a la represión y el golpe de Estado de 1979 generaron una devastadora guerra civil de 12 años, con escuadrones de la muerte que aterrorizaban a los civiles y con un fuerte respaldo por parte de los Estados Unidos para el gobierno asesino salvadoreño.

Actualmente, El Salvador es casi igual de violento que durante la guerra. La organizadora del Partido de Libertad Socialista de Los Ángeles (FSP, por sus siglas en inglés) Karla Alegría, quien visitó recientemente su país de origen, informa: “Las despiadadas pandillas dominan completamente en ciertos lugares donde la inseguridad causada por las mismas se mide dependiendo de dónde uno esté. “La pertenencia a las pandillas no es necesariamente voluntaria, ya que muchos se ven obligados a unirse a ellas bajo amenaza de muerte o lesiones”.

Los derechos de las mujeres están ocupando un lugar central en El Salvador, donde la Iglesia Católica y el Protestantismo fundamentalista son muy influyentes. El aborto es ilegal, y las mujeres son encarceladas incluso por abortos involuntarios. La tasa de femicidios es espantosamente alta, y el sistema de justicia ignora en gran medida la violencia doméstica y los asesinatos. El verano pasado, las mujeres que protestaban por el abuso doméstico y la violación formaban piquetes fuera de la oficina del fiscal general con pancartas que decían: “No es un crimen pasional, es un crimen patriarcal”.

Por la solidaridad con los migrantes en su lucha contra los ataques de la derecha. El gobierno de Trump ha apuntado todas sus armas de “seguridad nacional” contra los migrantes de hoy a quienes describe con desprecio como una “invasión” inminente de “narcotraficantes, delincuentes y terroristas”. También es conocido por la conferencia de prensa del 11 de diciembre en la que declaró: “Estoy orgulloso de cerrar el gobierno para asegurar la frontera”.

El gobierno de Trump está haciendo más estrictas las leyes de inmigración, separando a los niños de los padres, deteniendo los procedimientos de asilo y deteniendo y deportando a la gente a una velocidad vertiginosa. Sus acciones están ayudando a exacerbar la tensión en México debido a la escasez de oportunidades económicas para los trabajadores mexicanos y los pobres que, a pesar de todo, han sido admirablemente amables y han apoyado a miles de migrantes hambrientos. El apoyo fue fuerte en el sur de México, e individuos y organizaciones han ofrecido su ayuda en Tijuana.

En todo Estados Unidos, se han llevado a cabo protestas de solidaridad grandes y pequeñas, incluso en la frontera. Varios grupos religiosos progresistas y organizaciones de servicios legales y sociales brindan asistencia a los refugiados y luchan a diario con jueces y burócratas de inmigración.

Como parte de estos esfuerzos, los activistas del FSP Val Carlson y Norma Gallegos pasaron varios días en enero trabajando con el Gremio Nacional de Abogados y el Proyecto de Derechos Fronterizos de Al Otro Lado. Escribieron que, “Nos conmovió profundamente la determinación de los migrantes de encontrar un lugar en el mundo donde pudieran simplemente vivir, criar a sus hijos y realizar un trabajo productivo sin temor ni hostigamiento”. (Para más información, consulta “Voluntariado en Tijuana” en socialism.com.)

En un mundo con democracia económica, o sea, en el socialismo, las personas migrarían por elección, no por obligación. En un mundo capitalista, sin embargo, el beneficio lo gobierna todo. Las clases dominantes de las naciones ricas han ganado su riqueza saqueando a los países menos desarrollados, cuyos ciudadanos se van, no porque quieran, sino para sobrevivir.

En las calles, en la frontera y en los tribunales se están formando líneas de batalla entre los guerreros de los derechos humanos y aquéllos que respaldan a los privilegiados. Los tiempos están exigiendo que las organizaciones laborales y los movimientos de justicia social se unan para luchar por los derechos de los trabajadores migrantes y sus hijos.

  • ¡Que se abran las fron1teras!
  • ¡Que sea abolido el ICE!
  • ¡Financiamiento para buenos empleos, no para un muro fronterizo!
  • ¡Que se quite el alambre de púas!
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