Niños, jóvenes, ancianos y hasta bebés viven a la intemperie este invierno, ya que se dispara el número de personas que no tienen hogar.
En 2024, los resultados del conteo anual de enero mostraron la población más alta de personas sin vivienda desde que se realizan registros. Y en los últimos dos años han surgido fuertes aumentos entre la juventud, especialmente entre personas de color y LGBTQ+, así como entre personas mayores y familias jóvenes.
Sin un lugar al que llamar “hogar.”
El Consejo Nacional de Legislaturas Estatales estima que hay 4,2 millones de niños y jóvenes sin vivienda en EE. UU., incluidos alrededor de un millón en edad escolar. 700,000 no están acompañados por un adulto. La experiencia deja cicatrices: quienes no tienen hogar en su infancia tienen un 50% más de probabilidades de seguir sin vivienda en la adultez.
Las causas del problema son variadas. Al cumplir 18 años, muchos jóvenes salen del sistema de acogida sin apoyo alguno al cual recurrir. A menudo tienen un historial de trauma no resuelto, tanto sexual como emocional. Muchos también son expulsados de sus familias por ser LGBTQ+, trans o por estar embarazadas. Lamentablemente, la Red Nacional para la Juventud estima que uno de cada cinco adolescentes sin hogar será víctima de trata sexual o laboral.
El alto costo de vida y la incapacidad de mantenerse con ingresos fijos llevan a muchos adultos mayores a quedarse sin vivienda. La muerte de una pareja, un cambio en su estado de salud, o deudas médicas y bancarrota pueden provocar que los ancianos se queden sin hogar. Los veteranos pueden verse afectados por TEPT. Las consecuencias son mortales: las personas sin vivienda enfrentan un 60% más de riesgo de morir.
Causas sistémicas de la falta de vivienda.
Los cálculos de personas sin hogar varían ampliamente, pero todas muestran un drástico aumento. El conteo anual de 2024 de 771,480 personas, aunque claramente insuficiente, es el más alto registrado hasta hoy. El Centro Nacional de Leyes sobre Desamparo y Pobreza estimó en 2018 que cada año al menos 2.5 a 3.5 millones de estadounidenses dormían en refugios, viviendas temporales o lugares públicos.
Actualmente, hay aproximadamente 16 millones de viviendas vacías en EE. UU., incluyendo casas y apartamentos. Obviamente, hay más que suficientes lugares donde podrían vivir las personas sin hogar.
La razón subyacente por la cual la gente se queda sin vivienda es la crisis de asequibilidad. La vivienda es exorbitantemente cara. La red de seguridad social ha sido desmantelada. Prestaciones como SNAP (cupones de alimentos), Medicaid y el Seguro Social han sido recortadas. Requisitos laborales poco realistas y complicados trámites burocráticos impiden que muchas personas soliciten ayuda. El tratamiento para enfermedades mentales y para el abuso de sustancias es limitado.
Además, la Orden Ejecutiva del presidente Trump, “Poner fin al crimen y al desorden en las calles de EE. UU.” obliga a los estados a elegir entre usar métodos comprobados para abordar la falta de vivienda, como el enfoque de “vivienda primero”, o perder fondos federales.
Echando a los vulnerables a la calle.
A medida que los multimillonarios se enriquecen, quienes no tienen recursos se quedan cada vez más rezagados. Desafortunadamente, a medida que sus números aumentan, también lo hacen los esfuerzos por criminalizar a las personas sin hogar.
En junio de 2024, la Corte Suprema falló a favor de Grants Pass, Oregón, permitiendo que se prohibiera acampar y dormir en aceras u otras áreas públicas, incluso si no hay refugios disponibes. La gente puede ser multada o encarcelada por estas infracciones. Unas 100 ciudades han seguido su ejemplo.
En California, el gobernador Newsom firmó una ley que amenaza a los municipios con perder fondos si no criminalizan a las personas sin vivienda.
Otra grave preocupación es la exigencia de la derecha por imponer tratamientos forzosos para enfermedades mentales y el abuso de sustancias. Este enfoque punitivo ha demostrado ser ineficaz, pues castigar a alguien, destruir sus escasas pertenencias o enviarlo a un refugio inadecuado o inseguro, o a una “cura” involuntaria, claramente no es un plan viable.
Reparar la red de seguridad y más.
En este momento, existen reformas muy necesarias que, aunque no son una solución integral, podrían aliviar el sufrimiento.
Los legisladores deberían restaurar los beneficios federales que han sido eliminados desde la época de Reagan. Los edificios vacíos podrían transformarse en viviendas. Deben prohibirse los esfuerzos por criminalizar la falta de vivienda. Los fondos públicos y los programas para ayudar a personas con adicciones o enfermedades mentales deben ampliarse enormemente, pues necesitan compasión, no punición.
Los desafíos particulares que enfrentan los jóvenes y los ancianos en la calle deben abordarse antes de que se vuelvan críticos. El sistema de cuidado de acogida debe reformarse para que la juventud no sea maltratada ni expulsada sin recursos. El programa Medicare para Todos ayudaría enormemente para evitar la aplastante deuda médica. Gravar a los ricos para reducir la carga tributaria de la clase trabajadora también ayudaría a que los ancianos mantengan sus hogares.
¿Suena todo esto imposible? Solo cambios parciales ocurrirán bajo el capitalismo, pero un sistema basado en satisfacer las necesidades humanas, no el lucro, podría proveer ampliamente para las personas más vulnerables de la sociedad. Imagina un mundo donde los trabajadores decidan democráticamente qué producir y para quién. Un mundo donde los ciudadanos comunes, no los multimillonarios, decidan su destino. Este escenario es posible bajo el socialismo. Es la respuesta a una distopía que se deteriora rápidamente y que es incapaz de proporcionar un techo a su gente. Es una idea cuyo momento ha llegado.








