La Primavera Guatemalteca

Las elecciones presidenciales de Guatemala se convirtieron en un referéndum sobre décadas de corrupción gubernamental, por lo que expresidentes corruptos regularmente se vuelven multimillonarios y/o van a la cárcel cuando termina su mandato. La movilización indígena ha sido la clave para defender la democracia.

Indígenas guatemaltecos en una celebración de la revolución del 20 de octubre de 1944, la cual puso fin brevemente a la dictadura y permitió la elección democrática de un presidente. FOTO: USIP
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Unos minutos después de la medianoche del 15 de enero, el nuevo presidente anticorrupción de Guatemala, Bernardo Arévalo, finalmente prestó juramento. El evento había sido programado para las cuatro en punto, pero más tarde fue reprogramado para las cinco en punto. Cuando ese plazo transcurrió sin acción, los partidarios indígenas del presidente electo rompieron las líneas policiales y comenzaron a marchar hacia la Plaza de la Constitución exigiendo que el Congreso pusiera manos a la obra. Decenas de dignatarios extranjeros que se encontraban en la ciudad para asistir a la inauguración convocaron una conferencia de prensa; exigieron que los legisladores siguieran adelante y Estados Unidos hizo lo mismo.

Mientras tanto, se televisó en vivo desde el pleno del Congreso una pelea de todos contra todos, donde los delegados se disputaron el estatus del partido Movimiento Semilla de Arévalo, el cual representaría al Congreso en las ceremonias de inauguración.

Finalmente, el nuevo presidente y su vicepresidenta, Karin Herrera, salieron al balcón del Palacio Nacional y se dirigieron a la multitud. Agradecieron a las casi dos docenas de grupos indígenas, jóvenes y mujeres del país por su victoria. Prometieron defender la democracia y reconocieron la deuda especial contraída con los pueblos indígenas por siglos de abuso.

Falta por verse si pueden acabar con el control de una clase política criminal que regularmente se roba el tesoro nacional.

Raíces de la corrupción

Guatemala es un país extraordinariamente rico con una clase trabajadora urbana extraordinariamente pobre y una fuerza laboral agrícola súper explotada. A pesar de su riqueza natural, la infraestructura del país está en ruinas y la salud y la educación de la mayoría de los niños y adultos guatemaltecos son pésimas.

Los problemas de Guatemala surgen, en primer lugar, de una élite económica y política de derecha que sostiene las riendas del poder discretamente. En segundo lugar, ha sido la desgracia de Guatemala estar muy cerca de Estados Unidos.

Después de que un levantamiento popular en 1944 derrocara a un dictador respaldado por Estados Unidos, el padre de Arévalo se convirtió en el primer presidente democráticamente elegido de Guatemala. Siendo un reformador social cauteloso, amplió el derecho al voto, promulgó un código laboral limitado y dedicó un tercio del presupuesto nacional al bienestar; sin embargo, al mismo tiempo logró proteger los intereses de gigantescos propietarios de fincas.

Le sucedió Jacobo Árbenz, quien enfureció a la administración de Eisenhower y asustó a la United Fruit Company, el mayor terrateniente de Guatemala, al cooperar con un movimiento campesino radical y ampliar la distribución de la tierra.

Considerado simpatizante comunista, fue derrocado en 1954 con un golpe de estado orquestado por la CIA que provocó que el país ofreciera seguridad para los inversores estadounidenses de la United Fruit.

Lo que siguió fueron décadas de dictadores, una guerra civil que duró 36 años y una administración presidencial más codiciosa y corrupta que la anterior. A pesar de todo, los pueblos indígenas de Guatemala siempre sufrieron la peor violencia y la mayor pobreza.

Un intento de golpe desafiado

Nadie esperaba que el Movimiento Semilla impulsara a Arévalo a la presidencia. Sólo llegó a la segunda vuelta sin ser descalificado ni arrestado, porque el partido parecía un perdedor seguro.

Sin embargo, esta vez la clase dominante había subestimado por completo la ira del público contra la clase política y el llamamiento de Arévalo a las comunidades indígenas dispuestas a participar en la guerra por los derechos democráticos.

Una vez que Arévalo obtuvo la presidencia, el establishment se dio cuenta de su error e intentó anular su victoria retroactivamente. La fiscal general Consuelo Porras acusó de fraude al Movimiento Semilla y arrestó a miembros del partido. Siguieron redadas policiales, recuentos de votos y un intento de anular la inmunidad de Arévalo como presidente electo.

Arévalo lo llamó un “golpe suave”. Los líderes indígenas respondieron proclamando una huelga nacional el 15 de octubre. Los bloqueos cerraron 80 carreteras y autopistas principales que atraviesan el país, obstaculizando el comercio. Mientras tanto, otros manifestantes indígenas instalaron un campamento permanente frente al Ministerio Público y pidieron la renuncia de Porras.

No sorprende que un partidario del presidente Arévalo, cuando se le preguntó qué esperaba del nuevo presidente, respondiera: “La victoria ha llegado hasta aquí. Ahora tendremos que ver qué pasa después”.

Futuro incierto

Por el momento, Arévalo cuenta con el apoyo de la Unión Europea y el gobierno de Biden, que ha impuesto restricciones a la obtención de visas de 300 legisladores anónimos por “socavar la democracia”.

No obstante, el Movimiento Semilla tiene sólo 23 escaños en el Congreso frente a 160 representantes de partidos conservadores, que a su vez cuentan con el apoyo de los republicanos estadounidenses. Mientras tanto, la fiscal general Porras se niega a renunciar cuando le quedan dos años más de mandato.

Claramente, sólo un movimiento popular masivo y permanentemente movilizado tiene posibilidades de vencer a la hidra de la corrupción en Guatemala.

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