La reaparición de la derecha en América Latina

La ultraderecha logró sus victorias electorales recientes en América con muy poco margen. Falsas promesas de “orden y seguridad” y el apoyo de Estados Unidos les permitieron ser los primeros en llegar a la meta.

Los líderes de "Escudo de las Américas" posan para la foto de la cumbre en el lujoso complejo de golf de Trump en Miami. FOTO: Daniel Torok / The White House
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Las estrechas victorias de un millonario corrupto de Miami y de la hija de un dictador derrocado son las más recientes de una serie de triunfos presidenciales de la ultraderecha de América Latina. Abelardo de la Espriella, de Colombia, y Keiko Fujimori, de Perú, se suman a déspotas ya consolidados como Javier Milei y el salvadoreño Nayib Bukele.

De las quince elecciones presidenciales más recientes en América Latina, candidatos reaccionarios han triunfado en doce, reemplazando a gobiernos social demócratas en muchos casos.

La pronunciada tendencia archiconservadora es un reflejo de las preocupaciones de los electores por el estancamiento económico, la corrupción arraigada y la creciente delincuencia. Desilusionados con la ineptitud de los gobiernos reformistas en el poder, un segmento de los electores está sucumbiendo a la retórica alarmista de la extrema derecha.

Dichos candidatos prometen soluciones de orden y seguridad combatiendo a supuestos narcotraficantes y usando a los inmigrantes como chivos expiatorios. Mientras tanto, el gobierno de E.E.U.U. apoya sus campañas y les proporciona asistencia militar.

Colombia — un buen ejemplo

Las elecciones de Colombia son un excelente ejemplo de los éxitos de la extrema derecha. Con el patrocinio de Trump, el empresario con base en Miami De la Espriella, ganó la presidencia con un margen de menos del uno por cierto. Venció el gobierno reformista de izquierda de Gustavo Petro al vencer a su sucesor designado, Iván Cepeda. Lejos de representar un respaldo popular para la ultraderecha, los resultados demuestran la insatisfacción con la situación socioeconómica general y la inhabilidad de Petro de ofrecer soluciones adecuadas.

Con Petro, la pobreza se redujo a sus niveles históricos más bajos, pero los colombianos siguen luchando con la alta inflación y la inestabilidad política. A pesar de su aparente retórica radical, el antiguo presidente actuaba como cuidador del estado capitalista celebrando consistentemente acuerdos con las élites conservadoras. Como resultado, los electores que estaban desesperados porque hubiera cambios fueron víctimas del populismo tipo Trump de El Tigre (el apodo de De la Espriella entre sus simpatizantes) y de sus falsas acusaciones con respecto al involucramiento del partido de Petro en el narcoterrorismo.

La gente de los estratos de economía media fue quien determinó el resultado de las elecciones. Muchos de aquellos que acababan de salir de la pobreza temían perder lo que habían conseguido y buscaban estabilidad votando por las promesas de El Tigre de terminar con el crimen. Esto también se aplica a otros trabajadores y empresarios de clase media que deseaban que líderes de mano dura contra el crimen pudieran salvaguardar sus escasos privilegios.

El movimiento de De la Espriella forma parte de una estrategia regional de los E.E.U.U. y sus aliados latinoamericanos de militarizar las fuerzas del orden y eliminar la oposición política. En el vecino Ecuador, el presidente Daniel Noboa ha utilizado el ejército para “cazar criminales” con la ayuda de fuerzas estadounidenses. En Perú, la nueva presidenta Fujimori ha amenazado con usar las fuerzas militares durante estados de emergencia.

Un legado de intervención

Durante los últimos 50 años, los presidentes de E.E.U.U. y los legisladores de ambos partidos han utilizado la guerra contra las drogas como pretexto para intervenir en América Latina. Uno de los más obvios ejemplos fue el Plan Colombia, iniciado durante el gobierno de Clinton.

Como resultado de esta iniciativa, Washington envió miles de millones de dólares durante 15 años al gobierno colombiano, supuestamente para luchar contra los cárteles y erradicar el cultivo de la coca, pero en realidad se usó para producir cocaína. Álvaro Uribe, presidente durante la mayoría de ese tiempo, realizó una sangrienta campaña militar contra las guerrillas de izquierda. Bajo ese plan, el ejército y la policía colaboraron con escuadrones de la muerte para llevar a cabo la desaparición de activistas sociales y masacres de miles de campesinos y trabajadores.

Con la reciente creación de la Alianza Escudo de las Américas, el gobierno de Trump planea agudizar la situación. Esta alianza dirigida por E.E.U.U. incluye a todos los gobiernos latinoamericanos de derecha y planea usar su brazo operativo, la Coalición de las Américas contra los Cárteles (AC3), para crear operaciones militares conjuntas y también implementar el modelo de mega-prisiones del presidente salvadoreño Bukele para encarcelar a disidentes y migrantes a la par de criminales.

Después de su inauguración el 7 de agosto, el nuevo presidente de Colombia se unió con gran entusiasmo al Escudo de las Américas. Las propuestas para acciones militares conjuntas contra el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) son parte del Plan Patriota 2.0, continuación de las políticas iniciadas por el expresidente Uribe.

¿Cuál es el camino a seguir?

Aunque es inquietante el resurgimiento de los líderes de derecha, es importante recordar que muchos están sosteniendo el poder de manera precaria. La gente trabajadora y otros objetivos de la ultraderecha somos la vasta mayoría en toda América y contamos con el poder para parar a los fascistas en potencia si unimos nuestras fuerzas.

En los Estados Unidos, la lucha contra el asesinato por parte de Hegseth de pescadores en el Caribe y aguas internacionales, falsamente acusados de narcoterrorismo, está directamente ligada a la lucha de los latinoamericanos que le hacen frente a los abusos de poder dictatoriales. Estas atrocidades representan dos cabezas de la serpiente yanqui-imperialista que solo puede ser vencida por la solidaridad internacional.

Los trabajadores de E.E.U.U. se pueden unir para detener al Sello de las Américas y la guerra bipartidista contra las drogas, a la vez que los trabajadores latinoamericanos luchan contra la represión que se deriva de las mismas. Esta podría ser la base de una colaboración de la clase trabajadora de todo el hemisferio para, en última instancia, crear el cambio sistémico necesario para aniquilar a la extrema derecha para siempre.