Que termina la guerra contra los trabajadores aquí y en el extranjero

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Los pueblos de nuestra era están viviendo una guerra mundial — no es un conflicto grande sino una guerra en fragmentos en todo el mundo. Los iraquíes viven en una zona de combate; los palestinos, en una prisión; los afganos, en el caos; los somalíes, con temor del siguiente ataque de EEUU. Washington y su decreciente número de “socios de coalición” justifican la mayoría de sus agresiones arruinando a poblaciones enteras, desde el Oriente Próximo hasta América Latina, con el azote del terrorismo.

A medida que los destinatarios de la guerra permanente se resisten de una u otra forma, el resto de la población mundial no se ha quedado callada. Millones han protestado y qué bueno que lo hagan pues ellos también pagan un precio astronómico por la guerra. En los EEUU, el impacto se siente en todo, desde la enorme deuda personal e internacional hasta el desacato a la Constitución, las tremendas reducciones a los fondos sociales, y una cultura de violencia en aumento.

Como siempre, el impacto más fuerte lo sufren los menos afortunados. Los inmigrantes, los musulmanes y la gente de color son cada vez más fichados y acusados de crímenes o, como las víctimas de Katrina, son ignorados. Ellen DeGeneres puede ser maestra de ceremonias de los Oscares, pero las mujeres aún ganan el 77 por ciento de lo que ganan los hombres, y a la gente que no es heterosexual todavía se le maltrata y se le niega sus derechos civiles básicos. La brecha entre los ricos y pobres es la más grande desde la Gran Depresión.

Sin embargo, la guerra en este país también tiene su oposición: los trabajadores de hoteles se rebelan; los veteranos maltratados se organizan; los electores de Dakota del Sur rechazan la prohibición del aborto.

Aquéllos que resisten deberían inspirarse en el hecho de que el capitalismo se ha hecho tan dañino, no porque sea invencible, sino porque está en aprietos. Su momento de apogeo posterior a la Segunda Guerra Mundial ya se acabó. Cada pocos años, las crisis económicas de Asia, la caída de Enron o las graves pérdidas del mercado de valores son manifestaciones de la podredumbre del sistema de lucro.

Políticamente, el sistema está plagado por el escándalo y la falta de credibilidad. En el ámbito ambiental, está jugando un juego venenoso sin salida. Con respecto a la guerra en Irak, bueno, el Tío Sam está perdiendo.

La pregunta es, ¿qué va a pasar ahora?

La mayoría de la humanidad no puede realizar los cambios que tan desesperadamente necesitamos por medio de un movimiento de protestas tras otro, no importa lo heroicos que sean. Ya lo hemos intentado. Los demócratas no nos salvarán porque éstos son los administradores del reino de lucro al igual que los republicanos. También hemos intentado esto.

La única manera de acabar con esta era de guerra permanente es luchar por una manera socialista de funcionar sin necesidad de guerras — un sistema humano de propiedad colectiva y en el que el pueblo controle la riqueza que produce. Socialismo o barbarismo, ésas son las opciones.

¿De dónde provendrá el liderazgo para exigir y realizar este cambio? Provendrá de la clase trabajadora — de los trabajadores comunes y corrientes y de la gente oprimida, los cuales tienen el mayor interés en sustituir lo viejo con lo nuevo y quienes tienen la capacidad de actuar. La solución está en tus manos.

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