Raza y género en las elecciones del 2008: Obama, Clinton y el espejismo del cambio

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¿Un contrincante negro serio para la nominación del Partido Demócrata para presidente? ¿Una candidata mujer viable? Apenas durante la temporada de elecciones pasada, muy pocas personas habrían pensado que alguna de esas opciones sería factible en un futuro cercano. ¿Pero ambas opciones? ¡Es increíble!

Algo grande está ocurriendo como resultado de esta competencia electoral histórica: las cuestiones irresolutas de raza y sexo se han convertido en los asuntos principales del debate nacional. Pero la tragedia es que la discusión se está usando para poner en conflicto a las mujeres y a los africano-americanos.

Lo lógico es que la gente de color y las mujeres, quienes sufren de un tratamiento inferior común y quienes tienen la misma necesidad de igualdad y liberación, debieran ser aliados. La historia demuestra que con frecuencia lo son pero entonces, ¿por qué esta elección se ha convertido en lo que a veces pareciera una guerra total entre dos grupos oprimidos?

¿Podría tener algo que ver con qué tan bien Hillary Clinton y Barack Obama en realidad representan a los electores que ponen todas sus esperanzas en ellos?

Avances y contradicciones. Las esperanzas son evidentes y desbordantes debido a que Obama y Clinton han generado un enorme entusiasmo. En un momento en que la insatisfacción del pueblo con Bush y con la guerra de Irak se encuentra en un su punto álgido de enojo, los dos candidatos han inspirado a sus seguidores a que crean en el proceso electoral como un camino hacia el cambio.

Los padres de familia africano-americanos hablan de que un presidente negro mejoraría el futuro que sus hijos se imaginan que pueden tener. Los jóvenes ven en Obama la posibilidad de romper con las habituales políticas sucias. Las mujeres de 50 años o más ven la presidencia de Clinton como una validación y un resultado lógico del movimiento de las mujeres.

Al mismo tiempo, los candidatos también son el blanco de ataques y prejuicios sexistas y racistas, los cuales provienen del personal de campaña del bando opuesto, de los medios de comunicación de derecha y convencionales, y de los prejuiciosos con blogs.

Además, según los medios, por lo menos, existe una perturbadora tendencia entre los partidarios de Obama a hacer hincapié en el racismo ignorando el sexismo, y los partidarios de Clinton a hacer lo contrario. Las autoridades que se designan a sí mismas como portavoces de los negros y de las mujeres se citan discutiendo qué grupo es el más oprimido. Las aspiraciones de los negros y las mujeres se presentan como si estuvieran compitiendo entre ellas.

De esa forma, aunque la atención prestada a Clinton y a Obama demuestra los inmensos avances de las mujeres y de los africano-americanos, también revela lo profundo de las divisiones sociales que aún persisten.

Grandes expectativas. En lo que al programa político se refiere, hay poca diferencia entre Obama y Clinton; el 90 por ciento de sus votos durante sus dos años simultáneos en el Senado han sido los mismos. Además, tienen menos que ofrecer con respecto a asuntos candentes como la guerra, el cuidado médico y los derechos de los trabajadores que sus antiguos adversarios Dennis Kucinich y John Edwards.

Por su puesto, tanto Clinton como Obama se anuncian como el mejor candidato para el puesto, independientemente de su género o raza. Sin embargo, el entusiasmo que están generando tiene mucho que ver precisamente con dichas características. Sus partidarios esperan algo distinto de ellos — algo mejor no sólo para los negros y las mujeres sino para toda la gente — por ser quienes son.

Éste es una prueba de la función definidora que desempeñan la raza y el sexo en todo el mundo. En los EEUU, las movilizaciones en pro de la liberación de género y raza — desde la petición de la madre fundadora Abigail Adams hasta “recuerden a las damas” y las luchas contra la esclavitud y en pro del derecho a votar — han hecho avanzar a toda la sociedad. Sólo un ejemplo es la educación pública gratuita y universal, lograda como resultado de la lucha negra en el sur después de la Guerra Civil.

Se reconozca o no, el crédito por la candidatura de Obama y Clinton pertenece a los valientes movimientos de siglos pasados. El camino fue preparado por almas más radicales, con frecuencia de mujeres de color, quienes se enfrentaron a enormes obstáculos.

En 1964, las organizadoras populares africano-americanas Fanny Lou Hamer y Ella Baker ayudaron a crear un desafío por parte del Partido Democrático Libertario (Freedom Democratic Party) de Mississippi (MFDP) contra la violenta negación del derecho a votar de los negros por parte del estado policíaco sureño. En oposición a la delegación estatal de Mississippi integrada únicamente por blancos de la convención nacional del Partido Demócrata, el MFDP nombró a sus propios delegados y escogió a tres mujeres negras, incluyendo a Hamer, como candidatos para el Congreso de EEUU.

El partido nacional se rehusó a reconocer a los delegados del MFDP pero cedió mínimamente: otorgaría escaños sin derecho a votación a dos miembros de su propia elección. Aaron Henry, uno de esos dos hombres declaró: “Éste es un caso típico en el que el hombre blanco escoge a los líderes de los negros, pero ese tiempo ya pasó a la historia.” El MFDP rechazó la oferta.

Aunque el MFDP perdió la batalla, ayudó a que cambiara de rumbo la guerra. El MFDP puso en evidencia los fundamentos ilegales de la supremacía blanca sureña e influyó en la aprobación de la tremendamente importante Ley de Derecho al Voto el año siguiente.

Aprovechando la crisis de liderazgo. Se tiene que mencionar: Clinton y Obama son los líderes que el “hombre blanco” — los banqueros, los patrones y aquéllos que ostentan el poder — han elegido para los oprimidos de hoy día.

Ambos han recibido el apoyo total de Wall Street, la cual se beneficia totalmente de las divisiones que fomentan sus candidaturas en conflicto. Ambos declaran que están contra la guerra de Irak, pero aceptan el derecho del Gobierno de EEUU a jugar al policía mundial a beneficio de los intereses corporativos.

Ninguno de ellos ha prometido nada como la reinstauración de la beneficencia pública, de la ayuda significativa para las víctimas del huracán Katrina, o la amnistía para los inmigrantes indocumentados. Ninguno de ellos se merece el voto de la gente trabajadora.

En 1972, la demócrata Shirley Chisholm se convirtió en la primera africano-americana en hacer campaña para la nominación presidencial de uno de los partidos principales. Además de ser feminista, de ser defensora de los derechos de los homosexuales, y de oponerse a la guerra, también era más progresista en su momento que Obama o Clinton el día de hoy.

¿Por qué es que candidatos con tan poco que ofrecer pueden gozar de tanto apoyo? Sólo porque los legítimos líderes feministas y los defensores de la liberación de la raza son escasos en estos días.

En 1971, un periódico expresando la postura de las Mujeres Radicales describía la manera en que los ambiciosos oportunistas dentro del movimiento estaban anunciando la noción de que su éxito personal era equivalente al éxito del movimiento. Hoy día, a los partidarios de Obama y Clinton se les está pidiendo que acepten la misma lógica errónea.

La clase: el factor “x”. La gente está harta y pide el cambio, pero la clase gobernante no puede ni está dispuesta a realizar dicho cambio. Por eso, el público tiene la impresión de que la situación está cambiando — son los nuevos rostros con los que los estadounidenses oprimidos y mal pagados se pueden identificar.

Parafraseando al Dr. Martin Luther King Jr., sin embargo, a Obama y Clinton no se les debe juzgar por el color de su piel o la combinación de sus cromosomas sino por el contenido de sus políticas. Éstas no tienen nada que ver con unir a los negros y a las mujeres contra sus explotadores comunes.

Las mujeres y la gente de color serán los aliados que están destinados a ser, y ganarán batallas comunes por la libertad y la igualdad, cuando sean unidos por un programa radical que tome en cuenta la cuestión de clase y cuando sean representados por líderes que ellos mismos hayan escogido. Además, ¡podemos estar seguros de que dichos líderes no contarán con el sello de aprobación de Wall Street!

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