Yanqui, vete a casa — y llévate a tus mercenarios contigo

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En una noche sin luna de julio de 1999, un avión espía de la armada de los EE.UU., con un sofisticado radar y una experimentada piloto, se estrelló inexplicablemente en la ladera de una montaña en la frontera entre Ecuador y Colombia.

Cinco soldados de EE.UU. y dos colombianos murieron; el ejército lo achaco a una falla de la piloto. Despues de que se recuperaron los cuerpos, una unidad de las Fuerzas Especiales fue enviada para hacer explotar los restos del siniestro. Después, cuando los restos de los soldados regresaron a casa, el Pentágono se rehusó a revelar sus nombres a los medios y prohibió a periodistas su asistencia a una ceremonia secreta de recibimiento a la 1:30 de la madrugada.

El avión, piloteado por Jennifer Odom, había estado recopilando, con toda seguridad, información acerca de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), un grupo guerrillero marxista. El esposo de Odom, Teniente Coronel retirado del ejército Charles Odom, cree que su avión fue derribado por las FARC y que el Pentágono mintió a las familias de los muertos para cubrir el grado del involucramiento directo de los EE.UU. en la guerra civil de Colombia que ha durado 37 años.

De ser así, este suceso hace de Odom y su tripulación los primeros muertos estadounidenses de una guerra no declarada contra los izquierdistas colombianos.

El apocalipsis de nuevo.Hoy día, dos años después de la muerte de Odom, los EE.UU. están gastando $1,300 millones para enviar dinero, equipo, entrenadores militares y mercenarios a esa región como parte del Plan Colombia – una descarada ofensiva armada disfrazada sutilmente como ayuda humanitaria.

Desde septiembre pasado, la “ayuda” a Colombia ha constado de 30 helicópteros Huey; 300 “asesores” boinas verdes, para terminar de entrenar a tres batallones de caballería aérea en operaciones contra narcóticos y de inteligencia; cientos de empleados de la CIA, la Agencia para el Control de Drogas y la Agencia de Seguridad Nacional; y 250 contratistas militares privados.

Navy Seals jubilados, los cuales trabajan para una corporación en Virginia, también ha instalado una base en Iquitos, Perú, desde la cual se puede patrullar el Río Putumayo entre Perú y Colombia.

Miembros de las Fuerzas Especiales de EE.UU. en el área confirman que los hombres son mercenarios contratados para matar izquierdistas colombianos que escapen del esperado asalto militar de su territorio.

Además, el Departamento de Estado ha contratado a una compañía llamada DynCorp para que suministre pilotos, entrenadores y trabajadores de mantenimiento para el programa de erradicación aérea de coca. Uno de los auxiliares congresionales dijo acerca del trabajo de contratista de DynCorp que “esto es lo que nosotros llamamos pelear una guerra con contratistas” (“outsourcing una guerra”).

De herbicidas y escuadrones de la muerte. Promovido en el Congreso el año pasado por la administración de Clinton, el Plan Colombia fue promocionado para combatir las drogas y exterminar el cultivo de coca; Colombia produce 650 toneladas de cocaína al año.

En enero, las fuerzas colombianas comenzaron a rociar herbicidas en campos de coca en las provincias de Putumayo y Caquetá en las que 250,000 campesinos están involucrados en el comercio de la coca. Se presume que muchos de ellos pasarán a formar parte de las 300,000 personas que ya han sido desplazadas a las ciudades de Colombia. Se espera que otras personas entren en masa a Ecuador, Brasil, Panamá y Perú.

Hasta ahora ha habido poca resistencia armada a los herbicidas, los cuales se están rociando en áreas controladas por fuerzas paramilitares de derecha. Los “paras,” originalmente creados por la CIA y cómplices de los cárteles de drogas y el ejército colombiano, no están luchando.

Al contrario, están incrementando sus ataques de terror contra izquierdistas, sindicalistas y organizaciones de mujeres y de derechos humanos.

Su estrategia consiste en sabotear las conversaciones de paz entre el gobierno y las guerrillas y en crear la imagen internacional de la sociedad colombiana de que está perdiendo el control. Están haciendo tiempo en espera de que los tres batallones del ejército entrenados por los EE.UU. apunten sus pistolas contra su verdadero enemigo: los insurgentes.

En febrero, el presidente colombiano Andrés Pastrana declaraba que se había exterminado el 80 por ciento de la producción mundial de coca durante el primer mes de rociada. Pero la planta de la coca crece fácilmente en Colombia sin abonos ni pesticidas y tiene cuatro cosechas al año.

La economía exige que los campesinos vuelvan a plantar en nuevas áreas tan pronto como se hayan ido los fumigadores. Son extremadamente pobres y ninguna otra cosecha ofrece lo que la coca: facilidad de producción y un mercado estable con altos precios.

Irónicamente, las políticas de libre comercio han hecho de la coca un cultivo aún más deseable ya que los precios del café y del caucho se han desplomado con la entrada de Colombia a la OMC y el colapso del Acuerdo Internacional del Café, un acuerdo de consumidores y productores para incrementar los precios.

La lógica retorcida del Departamento de Estado.Durante las semanas recientes, el Departamento de Estado ha cambiado de manera importante su estrategia para “vender” el Plan Colombia.

Ahora se les está diciendo a los periodistas que es necesaria la intervención para “estabilizar” la región y para “construir una nación” (“nation build”) en un país donde la autoridad civil se ha desplomado.

Esto es un reflejo del creciente temor de Washington de que la intensa lucha de clases está por resurgir en el “triángulo radical,” como llama a Ecuador, Colombia y Venezuela el experto en América Latina James Petras.

Los movimientos políticos de obreros, campesinos e indígenas del área representan un creciente desafío para el control por parte de los EE.UU. del petróleo y de otros valiosos recursos – y su rebelión es contagiosa.

Por lo tanto, es necesario un giro de política para tranquilizar al público debido al incremento de la agresión de EE.UU. a un costo cada vez mayor. Se espera que el presidente Bush solicite $100 millones adicionales esta primavera y el Pentágono dice que necesitará $1,000 millones al año para mantener su misión.

Desafiando al imperio en casa.El primer paso para forjar un movimiento masivo contra la intervención es un programa educativo intensivo acerca de la verdadera naturaleza del involucramiento de los EE.UU. en Colombia.

El AFL-CIO ya está muy escéptico acerca del involucramiento del Tío Sam en Colombia, mientras que el público se inclina más y más a rechazar el encarcelamiento de drogadictos por ser una política cara que está en bancarrota. Por fin la ola se está comenzando a dirigir contra los guerreros de las drogas.

Estos sucesos ofrecen a los revolucionarios de los EE.UU. la oportunidad de construir un movimiento radical y anticapitalista para acabar con los amos imperialistas. Trabajemos juntos para lograr este objetivo tan noble y extremadamente necesario.

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